Los zocos que vienen del desierto

Los zocos que vienen del desierto

Marruecos es muchos Marruecos: poco conocen el país quienes se creen que es solamente árabe o musulmán, quienes lo asocian con camellos y bailarinas de danzas del vientre o quienes sueñan con tuaregs perennemente vestidos con gasas color azul. En ese esquema no entran ni la moderna Casablanca, ni el pasado judío del país ni la herencia bereber. Precisamente los bereberes, los habitantes originarios del país, tienen en el sur uno de sus santuarios: en los zocos de Ouarzazate e Aït Ben Haddou o en los hornos de Skoura, una artesanía llegada casi del desierto y con caracteres propios nos habla de un Marruecos muy diferente al que venden las guías turísticas.

Herencia amazigh

Los bereberes (o amazigh, como a ellos les gusta ser llamados, pues la primera palabra no procede sino de "bárbaros") son los habitantes primeros del Norte de África. Llegaron a Marruecos muchos siglos antes de la invasión árabe que haría de este territorio un país musulmán, pero sin embargo la historia los ha relegado a ciudadanos de segunda fila en su propia tierra nativa. En las ciudades del sur, los amazigh conservan una especial fuerza, que se traslada a una artesanía rica y cargada de símbolos. En Ouarzazate, Aït Ben Haddou o Skoura se percibe una tradición con sello propio, que tiene mucho de africano y de una manera de entender la vida marcada por el respeto y la tranquilidad, por la atención al detalle y la hermosura de lo sencillo.

Los hombres libres de Ouarzazate

Ouarzazate, ya próxima al desierto del Sáhara, es una de las mayores ciudades de esta región de clima extremo y paisaje árido, que contrasta con la apertura y la hospitalidad de sus habitantes. En pleno centro de la ciudad, justo frente a las murallas de adobe de su impresionante kasbah, los artesanos venden todo tipo de productos de innegable impronta amazigh: entre ellos destacan las cajas de alabastro, los bolsos hechos a mano y los tejidos artesanales. Son muchos los detalles que nos cuentan la historia de una artesanía con sello propio: las cruces bereberes, la imagen del hombre libre (que se repite en la bandera bereber), las fíbulas que forman parte de la vestimenta propia y se trasladan a cajas o cojines... La joyería bereber es especialmente rica. Sus piezas, tradicionalmente realizadas en plata, eran realizadas por la población judía bereber. Tras su marcha de Marruecos, sus vecinos se encargaron de continuar con ese impresionante legado, que formaba parte de los ajuares de las novias y que resultaba imprescindible en las principales festividades de la comunidad.

En Ouarzazate, a diferencia de las pequeñas tiendas de las medinas del norte, hay impresionantes bazares de varias plantas, en los que los objetos artesanos se mezlcan como en un auténtico gabinete de curiosidades.

Es un placer penetrar en cualquiera de ellos, conversar con sus tenderos, conocer la historia de productos que han llegado de lejanos lugares. No debía de ser muy diferente la vida en estos zocos cuando los mercaderes los recorrían entre Marrakech y Tomboctú, o cuando Ibn Battouta viajaba por todo el mundo árabe para crear relatos fantásticos de sus recorridos.

Una alcazaba patrimonio de la humanidad

La Kasbah de Aït Ben Haddou bien merece el calificativo de Patrimonio de la Humanidad que le otorgó la UNESCO. Sobre un altozano, solamente un puente la une con la ciudad nueva. Desde el momento en que lo cruzamos hacia la kasbah no hay ningún sonido más que el de los pasos de los turistas que la recorren, pero de los que es fácil desembarazarse: basta entrar por una calle poco concurrida para cruzarse con artesanos que producen impresionantes alfombras y una de las piezas hechas a mano más singulares de Aït Ben Haddou, los grabados sobre fuego, a menudo ilustrando escenas del desierto, que aquí queda tan cerca. Las pequeñas tiendas se suceden según subimos por entre las calles de adobe: en ellas ondean chales de vivos colores y bandoleras de lana realizadas por cooperativas de la zona. Todo ello al aire libre, recorrido por el aire cálido del Sahara y por cielos inmensos que parecen no tener fin.

Hornos artesanos al borde del camino

Skoura ofrece un paisaje decididamente distinto: se trata de una zona especialmente deprimida, en la que se ofrecen pocas perspectivas laborales, y menos todavía si eres mujer. Por eso, su centro de artesanado local, con mayoría femenina, es un agradable descubrimiento en medio del camino. Sigue la estructura de las pequeñas tiendas de creadores manuales, pero en este caso con forma de escaparate: cada uno de ellos ofrece un producto diferenciado, desde manteles bordados hasta coloridos fruteros. Conviene pararse unos minutos a hablar con las artesanas que regentan los puestos, orgullosas guardianas del patrimonio artesano heredado desde hace siglos. El centro de artesanado es una de las principales opciones de empleo femenino en la zona de Skoura, y su organización a menudo cooperativa asegura que los beneficios se repartan entre las mujeres participantes y les garanticen un medio de vida digno, al tiempo que sirven para conservar técnicas y motivos decorativos heredados, que de otro modo posiblemente se perderían ante el empuje de los productos realizados en serie.

El recorrido entre Ouarzazate y Skoura está trufado de hornos tradicionales al borde del camino, que venden una cerámica maravillosa de vivos colores, y en la que se da vida frente al visitante a cuencos o vasos en arcilla. Es fascinante pararse junto a uno de ellos y admirar cómo han sido cavados en la tierra, convirtiéndose en verdaderos hornos subterráneos de varios metros de profundidad. En su aparente absoluta sencillez han demostrado durante milenios que son capaces de producir las piezas más hermosas.

Ouarzazate, Aït Ben Haddoud, Skoura: en sus calles se deja ya sentir la atmósfera del Sahara, la tranquilidad de las vastas extensiones que parecen no tener fin, en las que la vista se pierde. La magia de las noches de luna llena y la sorpresa, en cada rincón, de los zocos que vienen del desierto.