Un poco de química y mucho de amor: cómo hacer jabones artesanales

Un poco de química y mucho de amor: cómo hacer jabones artesanales

En cada pastilla de jabón, ese objeto que hoy nos parece tan cotidiano, que se coloca en el baño sin prestarle mayor atención, o que encontramos arrinconado a veces en los lineales del supermercado, se esconde una historia de siglos de ensayos y errores. Una carrera para dar con la fórmula perfecta de un producto que a la vez limpia e hidrata, que puede usarse para cuerpo y rostro y sin el que no se entendería la cosmética moderna. La elaboración de jabones artesanales es todo un arte con siglos de historia, y los jabones artesanos siguen reproduciendo esas técnicas milenarias y reivindicando el poder de lo natural frente a lo químico, de lo hecho a mano frente a una producción cosmética en serie a menudo poco respetuosa con la propia piel y con el medio ambiente.

Una mirada al pasado

Pero hagamos un viaje en el tiempo hacia los orígenes del jabón artesanal. Se cree que el jabón fue inventando hace unos tres mil años, pues se han encontrado tabillas de arcilla sumerias que mencionan una primitiva elaboración de jabón artesanal: se conseguía hirviendo aceites con potasio, resinas y sal. El resultado, al parecer, tenía un importante poder medicinal.

Los materiales para hacer jabones artesanales han sido tan variados como sus propios creadores: los fenicios lo fabricaban con aceite de oliva y soda cáustica, que obtenían a partir de las cenizas de plantas de las salinas; el jabón de Alepo, en Siria, ha mantenido invariable hasta hoy su elaboración en base a aceite de oliva y de laurel, y se sigue contando entre las recetas de jabones artesanales favoritas; los galos a quienes conoció el historiador romano Plinio empleaban grasa de cabra y cenizas de abedul para hacer jabón artesanal; por su parte, a la hora de plantearse cómo hacer jabón artesanal, los árabes del siglo III a. C. optaban por una mezcla de potasa, álcali proveniente de cenizas, aceite de sésamo y limón.

Fueron también los árabes quienes impulsaron la primera gran jabonería de la que se tiene constancia: lo hicieron en el siglo X en Al Ándalus, en lo que actualmente es el valle del Guadalquivir. De ellos se ha heredado el evocador nombre empleado para referirse a las fábricas de jabón, almonas. Este tipo de jabón artesano acabo denominándose "jabón de Sevilla", y adquirió fama tanto en España como allende los mares, pues dicho producto fue llevado al continente americano tras su conquista.

De entre los numerosos tipos de jabones artesanales naturales, el de Marsella es uno de los más conocidos. Las famosas fábricas de este producto se establecieron en la ciudad francesa en el siglo XIV, empleando en su receta aceite de oliva, agua del Mediterráneo y sosa cáustica proveniente de cenizas del laurel. El jabón de aceite de argán, obtenido a partir de las semillas del árbol del mismo nombre y muy habitual en la cosmética marroquí tradicional, ha adquirido en los últimos tiempos un gran renombre, gracias a sus demostradas propiedades hidratantes. Tanto es así que el jabón de argán se ha acabado convirtiendo en uno de los preferidos de los consumidores occidentales.

El reinado del jabón artesanal, que durante tantos siglos se había convertido en un producto imprescindible para la higiene personal, comenzó a verse amenazado desde los años treinta del siglo XX, con la rápida introducción de jabones realizados en serie y empleando productos químicos en sus elaboraciones. Naturalmente, este tipo de productos pueden realizarse con una mucha mayor rapidez y menor coste, pero a cambio, su proceso de producción resulta enormemente contaminante, y sus compuestos no naturales a menudo provocan alergias y reacciones cutáneas varias, siendo muy poco respetuosos con la propia piel. Es por ello que el jabón artesanal se ha mantenido como producto cosmético de cabecera para quienes apuestan por un cuidado menos agresivo y apto hasta para las pieles extremadamente sensibles.

En busca de la fórmula perfecta

Los jabones naturales artesanales se siguen fabricando con esas técnicas milenarias que se han ido cultivando desde hace siglos. La producción de estos jabones artesanales paso a paso puede hacerse, fundamentalmente, mediante dos procesos: en frío y en calor. Ambos emplean para obtener el producto final una reacción química denominada saponificación, que aprovecha los aceites vegetales y las grasas animales para tratarlos con una solución acuosa de sosa o potasa que permite obtener el jabón. En el caso de los jabones industriales, la saponificación se acompaña de un calentamiento extra que acelera la reacción química pero que, al mismo tiempo, elimina ciertos elementos que naturalmente ayudarían a la hidratación y nutrición de la piel: se maximiza el beneficio económico pero se pierde en calidad. Muy distinto es el procedimiento del jabón artesanal, que apuesta por una belleza natural manteniendo todas las propiedades que pueden aportar la lavanda, el argán, la rosa o cualesquiera que sean los ingredientes procedentes de la naturaleza con los que se trabaje.

En el caso del proceso en frío, los aceites y la sosa se mezclan sin usar calor, pues es el propio calentamiento generado por el proceso de mezcla el que saponifica el jabón; elaborar jabón artesano en caliente supone calentar la mezcla y cocer el jabón hasta que se completa la saponificación. El primer procedimiento es más lento, mientras que el segundo permite usar el jabón en el mismo momento en el que se solidifique. Asimismo, el aspecto final de una pastilla elaborada en caliente es más irregular que si se produce en frío, aportando un punto extra de rusticidad.

 

Un poco de química y mucho de amor

Conseguir el resultado final, el sencillo pero valioso jabón, implica un cuidado procedimiento de pesaje de cantidades y sutileza en las mezclas. Sin duda el procedimiento de elaboración de los jabones artesanales tiene mucho de química y de paciente espera, pero más allá de complicadas formulaciones, lo que este proceso implica es un cariño extremo por los ingredientes naturales y una atención al detalle y al buen hacer. Como aquellos sumerios de antaño, un fino hilo de belleza y cuidado se ha extendido desde la Antigüedad hasta nosotros para producir este delicado producto.