Tánger entre telares y forja

Tánger entre telares y forja

Tánger es una ciudad de frontera, apasionada, no diría que hermosa, pero enormemente atractiva, como las personas que enganchan por su magnetismo. Se la quiere o se la odia, y entre los motivos para lo primero se cuenta un pequeño ramillete de callejuelas en las que trabajan todavía artesanos como lo hacían sus antepasados de cientos de años atrás.

Ruecas y agujas

Oculta en mitad de la única medina de Marruecos con influencia europea en su trazado, prueba de la presencia internacional en su suelo, se encuentra el Fondaq Chejra o zoco de los tejedores. Con su amplio patio de inspiración andaluza, es un rincón recoleto al que sólo llegan los que se han familiarizado con Tánger, la esquiva, la que nunca deja que te vayas sin haber dejado en ti algo de su esencia. En los minúsculos talleres del Fondaq Chejra quedan los últimos tejedores artesanales de Tánger, los herederos de un oficio que probablemente sus hijos ya no van a recoger. En la parte inferior, como muestra de esos contrastes que articulan toda la ciudad, se encuentra el abigarrado mercado de productos de Ceuta, que en nuevo giro de la historia, provienen en su mayoría de China. Pero volvamos al Fondak Chejra: generalmente en la parte superior de sus minúsculos cubículos los telares artesanales de madera traquetean sin cesar, para producir tejidos artesanales que luego se convertirán en hermosos manteles, chales de ensueño o bolsos hechos a mano. En la inferior se encuentran los resultados finales, las delicadas piezas realizadas en algodón, lana o en "hilo de la India", que es como aquí llaman al cáñamo. La parte inferior es en teoría la tienda, pero a menudo se convierte en un espacio en el que se ubica un segundo telar y abierto a las conversaciones con los artesanos, sentados en vetustas sillas o contemplando, de pie, el transcurrir del tiempo.

Las telas de Tánger, además de por su fabricación y teñido completamente manuales, se caracterizan por su impresionante colorido, en muchos casos inspirado en las vestimentas de las campesinas del norte de Marruecos, las jeblia, a quien es posible ver a lo largo de las carreteras de la zona, vendiendo con sus trajes tradicionales las frutas y verduras que producen en sus huertos próximos. Inspiradas en sus coloridas faldas a rayas nacen muchas de las telas que luego decoran mesas y camas.

Todo el fondaq destila un aire de otros tiempos, de un momento en el que el tiempo se detenía y el visitante podía pasar horas brujuleando entre las hermosas telas, como ahora lo hacen los gatos que se cuelan por entre sus rendijas. La mayoría de los tejedores se han ido ya del fondaq, y sus hijos sueñan con porvenires alejados de ruecas y agujas, por eso es tan mágico seguir visitándolo.

Mi reino por un cesto

Sin salir de la medina, en Souk Barra, el Gran Zoco, la cestería tiene un lugar de honor: en una de las esquinas de la plaza se encuentra uno de los locales más grandes de venta de todo tipo de fruteros, cestitos y bolsas de mimbre de Tánger. Como sus tejidos, los cestos de Marruecos introducen notas de color en su fabricación que los hace tremendamente originales. La cestería marroquí tiene una enorme variedad, desde los cestos de mimbre clásicos, que aquí se siguen usando para transportar alimentos, hasta los que han adquirido un diseño más contemporáneo, como las cestas cuadradas tipo picnic, con cierre incluido, o las grandes bolsas de mimbre que sobre todo los extranjeros residentes en la ciudad han reutilizado a modo de bolsos. Todos los modelos de cestos, lejos de ser únicamente piezas sin usos definidos o de museo, siguen empleándose en la vida cotidiana y recorren la ciudad en las manos de campesinos, burros o, los que han adaptado su diseño, incluso en las manos de jóvenes que reivindican la vuelta a la tradición bajo un prisma renovado.

La fragua de Mohammed

Continuamos camino, subiendo ahora desde Souk Barra hacia Iberia (la plaza de Kuwait, que sigue manteniendo ese singular nombre por el cartel de la aerolínea española que durante años la presidió). Podemos hacerlo por la calle de los forjadores de hierro, que siguen trabajando el material como sin duda se hacía en esos tiempos que reflejaron los antiguos cuadros de Velázquez, en esas forjas de temperaturas imposibles y ambientes cargados. Aquí no son Vulcanos, sino Mohammeds de carne y hueso los que en una jornada aparentemente sin fin se dejan la piel en cada pieza. Los productos que producen son hermosos, de eso no cabe duda: desde faroles de intrincados diseños hasta cabeceros de cama únicos por su factura cien por cien artesana. Pero también es innegable la dureza de su trabajo y las condiciones miserables en las que muchas veces deben desenvolverlo. Aquí, como en tantos otros aspectos en Tánger, conviven las dos caras de la moneda.

Las calles tangerinas estuvieron hasta no hace tanto pobladas por una buena cantidad de judíos marroquíes, vecinos de quienes ahora las habitan. Ellos eran los expertos artesanos de joyas y metales, y cuando muchos se fueron tras la creación del Estado de Israel y la independencia de Marruecos, sus técnicas y saberes se fueron con ellos. Esa es la causa, por ejemplo, de que se hayan perdido milenarias técnicas de trabajo de la joyería bereber, propia de los habitantes originarios de lo que hoy es el territorio marroquí.

Muchos se han ido, pero otros han llegado: jóvenes diseñadores que reinterpretan los símbolos tradicionales, desde la mano de Fátima hasta los motivos de la arquitectura árabe, para reivindicar un modo de hacer artesanía que no olvide las raíces.

En Tánger, los tejedores del Fondouk Chejra, los cesteros de Souk Barra y los forjadores camino de Iberia llevan siglos convirtiendo las materias primas en obras de arte. Por eso es tan maravilloso hacer un alto en el camino en un recorrido por la ciudad y verlos trabajar con sus manos elementos informes que se acaban convirtiendo en hermosas piezas. Tánger, entre telares y forjas, tiene un sabor genuino.